
Cuando llegó a la Casa Blanca, el presidente Barack Obama estudió cuidadosamente las decisiones políticas y económicas de Franklin Delano Roosevelt. Después de todo, los dos tenían en común que asumían en medio de una crisis económica que amenazaba los cimientos fundamentales de la nación.
En sus primeros dos años y medio Obama siguió el ejemplo de Roosevelt y, al mejor estilo keynesiano, trató de activar la economía con una infusión masiva de fondos. Ahora, arrinconado por una oposición ideológicamente intransigente y una deuda pública de $14 trillones de dólares, el presidente parece haberse resignado a alejarse de esa estrategia económica. El mismo error que cometió Roosevelt y que condujo a un nueva caída económica en 1937 de la que Estados Unidos no se recuperaría hasta que, finalmente, la Segunda Guerra Mundial generó la demanda necesaria y la creación de empleos que retornaron la economía nacional a la normalidad.
Obama, incapaz de frenar la arremetida de los conservadores republicanos y los extremistas del Tea Party, aceptó un acuerdo para poder incrementar el límite de la deuda pública que, como a mediados de la década de 1930, cambia la dirección de la política económica nacional. De programas de estímulo financiero, como TARP y la Recovery Act, que ayudaron a evitar el colapso del sector financiero y salvaron de la quiebra a numerosas corporaciones, se ha pasado a recortes en el gasto público de $2.1 trillones en los próximos 10 años.
Un acuerdo descabellado que a nivel político es una derrota incuestionable para el presidente Obama que había prometido que no habría pacto sin aumento de impuestos para los millonarios y que ahora aparece cediendo a las demandas de un partido republicano que ha sido secuestrado por los extremistas del Tea Party. Y cabe el término "extremistas" pues, como bien lo dejaron en claro líderes de este movimiento ultranacionalista como Sarah Palin, Michele Bachmann y Rand Paul, estaban dispuestos a evitar un aumento impositivo a cualquier costo, aunque esto implicara llevar al país a la cesación de pagos y al precipicio económico.
Ese precipicio económico se evitó con el histórico acuerdo del 2 de agosto. Pero las consecuencias del tortuoso pacto ya se han hecho sentir en la decisión sin precedentes de S&P de bajar la calificación del crédito a AA+ y esto produjo, el lunes, una baja de 634 puntos en el índice bursátil Dow Jones que hizo temblar a Wall Street y a los mercados de valores del mundo.
Aún más grave, el cambio de dirección de la política económica establecido en el acuerdo del 2 de agosto implica que los recortes en el gasto público reducirán la actividad económica nada menos que cuando el país tiene un anémico crecimiento del PBI de apenas 1.3% y su tasa de desempleo sigue en un socialmente inaceptable 9.1%. Un panorama nada alentador para un Obama que, a pesar de la responsabilidad inmoral del Tea Party, se ha transformado en el primer mandatario en la historia de Estados Unidos en presidir durante la caída de la calificación del crédito. Un logro nada envidiable que ya se refleja en una encuesta de CNN que reporta que 75% no aprueban lo que Obama está haciendo en el terreno económico. Nada promisorio para un presidente que el próximo año busca ser reelegido.
Néstor Fantini, Ph.D. (ABD), es un educador y periodista argentino de Los Angeles. Actualmente es miembro electo del Northridge East Neighborhood Council, City of Los Angeles, y editor de la revista literaria La Luciérnaga Online (la-luciernaga.com).











Pero hay que observar las reglas: