
Nunca antes había sentido miedo de subirme a un avión. El 17 de septiembre de 2001, sin embargo, un temor irracional se apoderó de mí mientras me dirigía de Los Ángeles a Nueva York.
El diario La Opinión me había enviado a cubrir el drama que vivía la ciudad tras los ataques terroristas contra las Torres Gemelas. Aunque el avión iba semivacío, a mi lado se sentaron dos hombres vestidos de traje, con portafolios, turbantes en la cabeza y apariencia de musulmanes que hablaban en secreto y volteaban constantemente hacia atrás. Empecé a imaginarme que estaban planeando algo siniestro. Finalmente, resultó que sólo querían cambiarse de lugar para sentarse junto a la ventana. Cuando me dí cuenta de mi error, me sentí no sólo aliviada sino avergonzada por haber caido en la trampa de los prejuicios que tanto daño nos hacen.
Al llegar a Nueva York me encontré con una ciudad desolada en la que, por desgracia, estos prejuicios y temores eran el pan nuestro de cada día. Fue una de las nefastas herencias que nos dejó el 11 de septiembre, junto con otras como la aprobación la Ley Patriótica que amplió los poderes del estado para luchar contra el terrorismo, a costa de la pérdida de muchas de nuestras libertades.
Hoy, a diez años de distancia, lo más triste es que, pese a los discursos oficiales, el país no se siente más seguro ni optimista. Las heridas que dejaron los ataques difícilmente cerrarán. Pienso, en primer lugar, en el indescriptible dolor de quienes perdieron a sus seres queridos. Conocí a varios de ellos en el Centro Familiar, donde se ofrecía ayuda a quienes buscaban personas desaparecidas. Hasta allí llegó una mañana Wanda Ortiz, acompañada de sus dos hermanos, su madre y sus dos gemelitas, de apenas seis meses. Con la voz entrecortada y los ojos inflamados de tanto llorar, la joven puertorriqueña me contó que iba a pedir informes de su esposo, Emilio Ortiz, quien trabajaba en el piso 92 de una de las torres.
Pese a que sus familiares trataban de prepararla para aceptar que probablemente su esposo ya había fallecido, Wanda se resistía a perder la esperanza. "He sabido que hay casos en que han encontrado gente con vida hasta un mes después de derrumbes o terremotos", insistía y sus palabras aún resuenan en mis oídos.
Igualmente tengo vivo el recuerdo de Luz América Ayala, quien desde un edificio cercano presenció con horror cómo se desplomaba la torre donde trabajaba su hijo Wilder Gómez. Angustiada, llamó a su esposo para que tratara de comunicarse con él a su celular. El joven, quien era empleado del restaurante Windows on the World, le respondió que iba bajando las escaleras, pero la comunicación se interrumpió y nunca más volvieron a saber de él.
Para Luz América, originaria de Colombia, la angustia más grande fue que su hijo dejó huérfanos a cuatro pequeñitos. "No sabemos que haremos para sacarlos adelante", me dijo en ese entonces con una mezcla de pesadumbre y desesperación.
En estos diez años no he vuelto a saber de Wanda ni de Luz América. Pero al conmemorarse un aniversario más del 11 de septiembre pienso que, para ellas, al igual que para la mayoría de quienes fuimos testigos de esa tragedia, este país jamás volverá a ser el mismo.
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María Luisa Arredondo nació en la ciudad de México y es egresada de la carrera de Comunicación de la Universidad Iberoamericana.Es Directora Ejecutiva y fundadora del portal Latinocalifornia.com. Escribe la columna política "Enlace" para el diario La Opinión de Los Angeles y es directora del Comité de Comunicación y Relaciones Públicas de la Asociación Mexicana de Tecnología, Empresariado y Cultura (TECMA) del condado de Orange, creada para promover inversiones entre México y Estados Unidos.
Trabajó durante 16 años para La Opinión, donde fue reportera y editora de varias secciones, entre ellas la primera plana. Fue también productora de noticias para la estación de radio La Voz en el condado de Orange y presentadora del programa "Contrapunto" para la cadena Telemundo. En México fue jefa de redacción de la Revista Latinoamericana Visión y de la Revista Económica Progreso.
Ha ganado numerosos reconocimientos, entre ellos el Premio Frank del Olmo a la Periodista del Año de la National Association of Hispanic Journalists (NAHJ), el premio a la mejor columna editorial de New America Media y el premio a la mejor serie educativa de California Teachers Association, así como varios primeros lugares de la organización National Association of Hispanic Publications. También está considerada por PR Newswire como una de las 100 periodistas hispanas más influyentes de Estados Unidos.











Pero hay que observar las reglas: