
Los ataques de 2001 dejaron una enorme huella en el bajo Manhattan y una cicatriz igual de grande en la memoria de los neoyorquinos, quienes viven con el recuerdo de la destrucción que mató a 2,753 personas. Diez años más tarde, dos guerras y un extenso aparato de seguridad nacional se cuentan entre el legado de aquel día.
Menos obvios en el mundo que emerge después del 9/11 son el muro de 700 millas en la frontera entre los Estados Unidos y México, los aviones radioguiados que cruzan a México a la caza de narcotraficantes, el nivel sin precedentes de inmigrantes deportados y un joven mexicano llamado 'Puebla'; primer y único preso por terrorismo en Nueva York.
Lo que vino a conocerse como "el 9/11" activó una reconfiguración de la vida pública que alteró la manera en que los estadounidenses viajan, van a la guerra y definen los términos 'seguridad' y 'terrorismo'. Para entender los cambios masivos llevados a cabo en nombre de la seguridad nacional, es importante recordar el clima nacional de hace una década.
La reacción al 9/11
"No estábamos preparados sicológicamente para ser expuestos como (un blanco) vulnerable", dijo Charles Strozier, director del Centro sobre Terrorismo del John Jay College for Criminal Justice. "Una cultura de miedo emergió después de los ataques", aseguró.
El Congreso le confirió permiso al presidente George W. Bush de usar la fuerza militar en contra de cualquier entidad o nación vinculada a los ataques.
Rápidamente, Bush declaró una guerra en Afganistán como parte de la misión de capturar a los operadores de Al-Qaeda y a su fundador Osama bin Laden, quien orquestó los ataques. La controversial Ley Patriota fue adoptada para expandir la capacidad de las agencias federales de reunir información de inteligencia en territorio estadounidense. La tortura se convirtió en objeto de debate, inmigrantes árabes y musulmanes fueron cuestionados, detenidos y 531 de ellos deportados, de acuerdo al Informe de la Comisión 9/11.
En 2002, el Departamento de Seguridad Nacional (DHS, por sus siglas en inglés) fue creado por ley federal para albergar 22 agencias federales incluyendo las de inmigración y aduanas y detonó un derrame de gasto gubernamental para cumplir con la misión de proteger a la nación en contra del terrorismo.
"Cuando tienes una cultura de miedo hay un esfuerzo desesperado a nivel nacional de lidiar con amenazas reales e imaginarias", dijo Strozier, cuyo Centro sobre Terrorismo fue creado en respuesta a los ataques.
Elevado presupuesto
El esfuerzo por combatir el "terrorismo" fue respaldado por un masivo gasto público en nombre de la seguridad. En 2001, el gobierno federal desembolsó $20 mil millones en medidas de seguridad nacional. Este año, DHS sometió una solicitud presupuestaria de $57 mil millones. Recientemente, el gobierno federal anunció un gasto de $80 mil millones en "actividades de inteligencia", el triple del presupuesto que había en 2001. Si estos programas suenan vagos, es porque el órgano de seguridad nacional que emergió tras 9/11 es igualmente amorfo y extenso.
Una investigación de dos años de The Washington Post concluyó que el mundo de seguridad que se creó después de 2001 "se ha hecho tan grande, tan confuso y secreto que nadie sabe cuánto dinero cuesta, a cuántas personas emplea, cuántos programas lo conforman o cuántas agencias hacen el mismo trabajo".
Una década después de los ataques, la seguridad nacional sigue ocupando una gran porción de los gastos federales.
El Departamento de Policía de la Ciudad de Nueva York (NYPD, por sus siglas en inglés) gasta unos $24 millones en fondos federales de seguridad nacional para pagar por horas extra. El comisionado del NYPD Ray Kelly recientemente declaró que sus oficiales han frustrado 13 intentos de ataques terroristas en la ciudad de Nueva York en los últimos 10 años.
Un estudio de la publicación Environment and Planning A estimó que cerca de 40% del espacio público en el bajo Manhattan es 'zona de seguridad'.
Se espera que este año la ciudad revele el "cintillo de acero", un sistema de vigilancia que consiste, entre otras cosas, en la instalación de 2,000 cámaras en calles y vías subterráneas.
Pero, las señas de lo que se avecinaba en la próxima década aparecieron poco después de los ataques, durante el discurso del Estado de la Nación del Presidente Bush en enero de 2002. "Nuestra guerra contra el terrorismo comienza con Al Qaeda, pero no culmina ahí", dijo. "No terminará hasta que cada grupo terrorista de alcance global haya sido encontrado, detenido y vencido".
Deportaciones masivas
Las operaciones contra el 'terrorismo' -una vaga definición del enemigo- fueron albergadas en el Departamento de Seguridad Nacional junto con las agencias responsables por dos problemas domésticos constantes, la inmigración y las drogas. Después de proteger a la nación del terrorismo, DHS hizo de la seguridad en la frontera y la inmigración sus prioridades. La Comisión 9/11 recomendó el mejoramiento del sistema de chequeos en la frontera para detectar potenciales amenazas y cambios a un "sistema de inmigración incapaz de cumplir con sus responsabilidades básicas, mucho menos apoyar el esfuerzo contra el terrorismo".
El efecto de esto se sintió inmediatamente en Washington Heights donde Raquel Batista, quien en ese entonces era la directora ejecutiva del Northern Manhattan Coalition for Immigrant Rights, recuerda que familias inmigrantes saturaron su oficina con una avalancha de casos de dominicanos puestos en procesos de deportación, muchos de ellos por antecedentes de drogas.
"Sentimos la diferencia con (los agentes de) inmigración viniendo a nuestras comunidades a hacer redadas y tocarle la puerta a la gente en la mañana", dijo Batista.
Desde los ataques de 2001, el número de deportaciones se triplicó hasta alcanzar la histórica cifra de 400,000 inmigrantes expulsados solo el año pasado.
Con el término 'terrorista' dejado sin una definición legal clara en las leyes estatales que se adoptaron después de los ataques, el perfil del 'terrorista' tomó una cara poco esperada en 2004 cuando el fiscal de El Bronx reveló los cargos contra Edgar Morales, mejor conocido como "Puebla": terrorismo en el caso del asesinato del niño Malenny Méndez.
El fiscal argumentó que Morales y otros miembros de la pandilla St. James Boys 'aterrorizaron' vecindarios del oeste de El Bronx. Los padres de Morales quedaron atónitos al escuchar los cargos que ellos asociaban con el 11 de septiembre. "Qué está pasando con las leyes aquí", se preguntó la madre Lourdes Morales, durante una conversación que tuvimos en 2005. "¿No hay un límite?".
Seguridad en la frontera
Poco tiempo después, el gobierno federal comenzó a trabajar en un contrato multimillonario para construir la cerca de 700 millas en la frontera entre los Estados Unidos y México para protegernos de los terroristas, aunque los sospechosos de los ataques habían entrado por la frontera del norte con Canadá y con visas a través de aeropuertos. Aviones a control remoto usados en Afganistán fueron desplegados a lo largo de la línea divisoria con México en una batalla contra traficantes de drogas considerados ahora una amenaza a la seguridad nacional.
"No fue un accidente que las operaciones contra el terrorismo fueran albergadas junto con inmigración y aduanas porque conceptualmente las dos han sido relacionadas", dijo Strozier. "Todo esto tiene que ver con la cultura política y social del miedo donde todo el mundo parece dispuesto a hacerse el ciego".
En mayo pasado, una corte de apelaciones redujo la sentencia de Morales alegando que el crimen no encaja en la definición de terrorismo.
A una década de los ataques, 'la guerra contra el terror' se ajusta firmemente al paradigma de la seguridad nacional. En julio, la administración Obama anunció una nueva estrategia en contra de 'grupos transnacionales de criminales organizados" que representan una amenaza a la seguridad nacional. Entre los grupos están Los Zetas, la banda mexicana de crimen organizado responsable de innumerables asesinatos y conectada al tráfico de drogas y de personas.
Una década después de que el presidente Bush dijera, "el objeto del terrorismo es tratar de forzarnos a cambiar nuestro estilo de vida", se podría alegar que la lucha contra el terrorismo es parte de nuestro estilo de vida.











Pero hay que observar las reglas: