
"Ir de camping, bailar y los parques de diversiones, pero eso es algo que no tenemos en común, sabes, porque a mí las montañas rusas no me gustan para nada". Por momentos habla de él en presente y conoce con lujo de detalles cómo fue su infancia; pero lo cierto es que Rebecca Briana Ortiz compartió sólo nueve meses de su vida con su padre, Paul Ortiz hijo quien, por una de esas jugarretas atroces del destino, falleció el 9/11 a los 21 años y siendo un papá de estreno.
"Míralo ahí con su celular llamando a todo el mundo y anunciando que había llegado su chiquita. Estaba tan feliz", dice Sophie. "Esa foto se la tomaron en el hospital Bellevue en Manhattan, minutos después que naciste tú Rebecca", agrega Paul Ortiz, padre. La nieta escucha atenta cada una de las historias que sus abuelos le cuentan y las va acomodando, como piezas de un rompecabezas, en su mente y su corazón de niña.
La condición fue hacerlo siempre sin presiones, explicará más tarde el abuelo. "Nosotros no le imponemos nada. Si ella nos pregunta, le contamos y si vemos que se pone triste, cambiamos de tema. Pero casi siempre", afirma Paul, "la pone contenta que le hablemos de él".
A veces el disparador de la charla es un interrogante que ella misma plantea. "Abuelita, ¿por qué yo pesé tan sólo 5 libras al nacer y papá pesó más de 9? ¿Qué le gustaba comer?" Otras, es una actividad la que les permite seguir narrándole quién fue su padre; un muchacho carismático y emprendedor, siempre alegre y listo para la aventura. "Solemos llevarla a acampar que era algo que a él le encantaba hacer; armar la carpa, dormir en medio de la naturaleza", sostiene Sophie.
La charla se da informalmente y el protagonista absoluto es este muchacho al que su hija y sus padres añoran con locura. Sentados en la mesa del living de la casa que Sophie y Paul tienen en Burlington, Nueva Jersey, cada cual aporta algo y todos ayudan a reconstruir su personalidad efervescente. "Cuenten de esa vez que se tiró al río vestido para salvar a alguien", pide Rebecca. "También le gustaban las computadoras, right?" pregunta a su abuela como buscando aprobación.
Tanto le apasionaba el mundo de los ordenadores que Paul Ortiz hijo se ganaba la vida como programador de redes en la empresa Bloomberg. Todos los días salía de su casa en Bushwick, Brooklyn, camino a la compañía en Midtown. Todos, excepto el 11 de septiembre de 2001.
Aquella mañana, desde bien temprano, Paul hijo estaba en el último piso de la Torre Norte, el 107, preparando las computadoras que se usarían en una convención en el restaurante Windows on the World. "Me llamó cerca de las 9 y me dijo 'papi, estoy aquí en el World Trade Center y algo pasó, pero estoy bien. Dile a Estrellita que no se preocupe'. Me quedé helado", explica su padre, "no tenía idea que él estaba en el WTC pero alcancé a decirle, 'bueno ya baja de ahí, ya baja'. Nunca más supe de él".
Sus restos no fueron encontrados pero ellos se propusieron mantener vivo su recuerdo y se hicieron una promesa: Rebecca conocería quién fue su padre. La niña vive actualmente en Tampa, Florida, junto a su madre Estrellita, su nueva pareja y los dos hijos varones que tuvieron.
No hay en ese contexto mucha ocasión de remover el pasado. "Mamá se pone muy triste cuando hablamos de papá así que sólo hablo de él con los abuelos, cuando vengo aquí cada verano". Durante un mes completo la pequeña se regocija viendo los tesoros que plagan la casa: "Este es el trofeo que le dieron en sexto grado porque fue el mejor de su clase; aquí en esta foto está con mami en su baby shower y aquí estamos juntos", mira, "me tiene en brazos. Ese de la derecha es papá y el que está a su lado es mi tío Jonathan, su hermano menor".
En el sótano, un proyector dispara imágenes sobre la pared. Rebecca las vio cientos de veces pero sigue sonriendo como si fuera la primera vez cuando ve a su papito pequeño, como de siete años, bailando en un acto escolar y luego montando en bicicleta; después en la ceremonia de graduación vestido con toga y siempre riendo. "Era muy divertido y también le gustaba patinar sobre hielo. A mí me gustaría probar pero me da un poco de miedo. ¿Qué, si me caigo de cola?"
El final de la historia no es feliz y Rebecca es consciente de ello. "Yo sé lo que pasó. Una vez leí en un periódico cómo murió mi papi. Lo hicieron unos señores que no quieren a América. A veces", continúa, "mis compañeros en la escuela me dicen, 'que triste lo que te sucedió', pero yo les respondo que puse eso a un lado y que ahora estoy bien y contenta con mi vida".
Cada 9/11, Rebecca falta al colegio y se queda con su mamá. Juntas y pegadas al televisor miran las noticias en silencio. Si pudiera quebrar ese silencio y hablar nuevamente con su padre, qué le diría. Por unos instantes la niña se pone pensativa: "Que lo quiero y que lo extraño".
Delgadita, con voluminosos lentes tal como usaba su padre cuando era pequeño, Rebecca, con sus tiernos 10 años es el calco de su papá. "La gente dice que me veo como él". Ese innegable parecido es motivo de alegría y de tristeza. "Cuando llegó de Tampa y la fui a buscar al aeropuerto", sostiene Sophie, "estaba ahí paradita y se me vino la cara de mi hijo, es igualita. Tuve que enjugarme las lágrimas, no quise que me viera así. De alguna manera, tenerla a ella es como tenerlo a él".
Yo sé lo que pasó. Una vez leí en un periódico cómo murió mi papi. Lo hicieron unos señores que no quieren a América'











Pero hay que observar las reglas: