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Categorías: Aniversario 9/11

Héroe, de corazón

Published: 11/9/11 a las 10:13AM
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Nueva York - Es viernes y la calle State en el Bajo Manhattan está, como es costumbre, llena de turistas. Alrededor, vendedores ofrecen fotos enmarcadas del horizonte neoyorquino. Más allá, un hombre vestido de pies a cabeza como la Estatua de la Libertad llama la atención con tal de vender un recuerdo. No falta el carrito ambulante que perfuma el ambiente con ese olor a pretzels acabados de hacer. Abriéndose paso entre ellos, Louis Torres busca llegar al río cercano al Battery Park.
"El agua me ayuda a relajarme'', suelta de entrada el nuyorrican.

Su búsqueda de tranquilidad no la provoca el mundanal ruido de esta calle. Lleva así 10 años, desde que escapó de la Torre Sur del World Trade Center, el 11 de septiembre de 2001. Ese día, no sólo se salvó, sino que hoy otra persona respira gracias a él.

Hace memoria y recuerda que esa mañana tomó el tren E, desde la parte Sur de Ozone Park, para ir a su trabajo como registrador de datos en Morgan Stanley, en la Torre Sur del WTC.

''Estaba en el elevador, salí del piso 66 y las luces titilaron un poco'', pero no se inquietó porque creyó que un transformador causaba el problema.

Entonces, ''escuché gritar a una de las secretarias. Y cuando miré sobre su hombro (hacia la ventana), ya no había necesidad de decir nada más''. El primer avión se había estrellado contra la Torre Norte y desperdicios y fragmentos volaban en el aire como ''confeti'', según lo describe.

Torres, puertorriqueño de 48 años que creció en el área de Bedford-Stuyvesant, en Brooklyn, ya había vivido el ataque al WTC de 1993. Por eso ''sabía que tenía que salir de allí''.

De inmediato se sumó al recorrido que habían iniciado otras personas hacia las escaleras y enfatiza que aunque todos sabían que se trataba de una situación de emergencia, mantuvieron la calma. Sí, admite, que ''algunos tenían problemas bajando y varios lloraban''.

Entre quienes enfrentaban dificultad para desalojar el edificio estaba Joan Stevens, otra empleada de Morgan Stanley, quien padece artritis reumatoide y necesita muletas para caminar.

Por esa razón, según recuerda Torres, otros dos compañeros la cargaban.

"Cuando llegamos al piso 44, la gente de la Autoridad de Puertos dijeron que un helicóptero había chocado el edificio'', refiriéndose a la Torre Norte. ''La Autoridad de Puertos nos dijo, 'miren, la situación está bajo control'''. Confiados, algunos de sus amigos decidieron volver a subir, sin saber que ya no regresarían.

Mucho tiempo no pasó antes de que se estrellara el segundo avión. ''Escuché un kaboom. Todo el edificio se estremeció''. Y luego, comenzaron a caerse los elevadores; "iban cayendo pow-pow-pow''.

La situación empeoraba y al percatarse de que sus compañeros tenían problemas para seguir cargando a Stevens, les preguntó si necesitaban ayuda. ''La puse sobre mi hombro derecho y apreté sus piernas contra mi''.

''No tenía un buen presentimiento'', revela Torres sin negar que mientras sostenía a la mujer de
150 libras desde el piso 44, solo pensaba en salir del edificio. Cuando llegaron al piso 15, él se tomó un respiro, pero decidieron seguir. ''Ella me dio un besito aquí y otro aquí'', recuerda entre risas mientras se toca sus mejillas, y ''eso creo que me dio la energía para poder salir''.

Con 5''10 de estatura y gracias a los trotes en el puente de Brooklyn durante el tiempo de almuerzo, Torres se mantenía en forma. Pero en una situación como esta cada segundo era valioso, entonces, ¿por qué ayudar?

Torres lo atribuye a la manera en que lo criaron. El es uno de ocho hermanos y cada uno aprendió a ayudar al otro. ''Lo que hice fue producto del amor y la compasión. Tengo el corazón de mi madre'', dice mientras sus ojos se nublan al recordar a esa extraordinaria mujer, que falleció hace tres años.

Sin embargo, por más que él intente explicarlo, para Joan Stevens ''no hay palabras que describan lo que hizo. Estamos hablando de que se ofreció a ayudar... Algo que ese día no se hizo con todo el mundo. Buscar la seguridad propia era lo primordial'', afirma la mujer de 46 años.

Ambos alcanzaron a llegar a la calle en media hora, según Stevens, a quien una ambulancia en la calle Church socorrió rápidamente. Torres, exahusto, descansó un poco frente al hotel Millenium, hasta que minutos después, la Torre Sur empezó a derrumbarse. Corrió hacia la calle Broadway pensando que el edificio caería como pieza de dominó encima de él y miles de otras personas.

''Sentía como piedritas que me golpeaban atrás de mi cabeza. Nada más estaba esperando que un gran pedazo me golpeara'', rememora.

Arropado por una densa nube de polvo, de pronto sintió la calma y cayó en cuenta de que seguía respirando. Logró afianzarse a una verja que le sirvió de guía y halló a otras personas.

Cuenta que todos se lanzaron a un SUV abandonado, pero no pudieron hacer nada porque no había llave para ingresar al vehículo.

Siguieron moviéndose hasta meterse en una ambulancia que lucía abandonada y tenía el motor encendido. Según Torres, una mujer de pelo blanco largo tomó el volante, pero tras recorrer una distancia corta el motor no dio para más y se detuvo en la calle Worth. ''Salí y me lancé al piso porque no podía caminar. Lloraba y lloraba'', dice sin reparos.

''Es en ese momento que la dama del cabello blanco me dice: '¡Levanta tu trasero de ahí, soldado!'. Me seguía llamando soldado'', menciona riendo y aún asombrado por la manera en que ella le gritaba.

Esa mujer lo llevó a otro vehículo el cual lo trasladó al hospital Beth Israel.
Días después, Torres recibió la llamada de Joan Stevens. ''Me sentí muy de feliz de saber que nada le ocurrió a ella''.

A él, un disco fracturado y un nervio dañado lo obligaron a usar un bastón por corto periodo. Ahora camina con mucha energía, pero si está demasiado tiempo de pie sus piernas pierden establidad.

Sabe que huyó de la muerte, pero no del trauma. La crisis nerviosa le reventó dos meses más tarde, cuando el vuelo 587 se estrelló en Queens. Durante varias semanas estuvo internado en un hospital y debió tomar antidepresivos por tres años. Al igual que han expresado otros sobrevivientes, Torres se sentía culpable de estar vivo. ''No quería vivir'', alcanza a expresar antes de que un nudo de emoción enmudezca su garganta y acto seguido agacha su cabeza.

Durante mucho tiempo cargaba con una linterna de mano, una máscara y otros equipos de emergencia. Pero ese peso emocional se volvió insostenible. ''Si me voy, me voy. Y ese va a ser el fin de la historia'', tuvo que decidir finalmente.

Pensar en cómo mantener a su familia –ha estado casado durante 24 años y tiene una hija de 23- lo ayudó a esforzarse para hacerle frente al miedo. ''El soldado debe seguir su camino, debe mantenerse erguido, sino, todo lo que ha creado se derrumba'', afirma convencido.

Y, como fiel soldado, nunca proyecta a otros el sufrimiento que lleva adentro. Al contrario, sonriente y afable, es como ese tío o primo favorito en las reuniones familiares.

El héroe ha logrado sanar las heridas. Pero el dolor de haber perdido a amigos no se desvanece.
Todavía guarda los zapatos que usó ese día; permanecen cubiertos de polvo de las Torres.

Cada año, cuando se acerca esta fecha, abre la gaveta y se pone un reloj de plata que le regaló Stevens y que cada segundo le recuerda "la grandeza de su corazón".

Va desapareciendo el ruido de los turistas en el Battery Park y Torres apunta a la tranquilidad de las aguas. ''Ves, todo está simplemente en encontrar la paz''.
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