
Desde su fundación, México no se ha caracterizado por ser un país donde sucedan cosas menores. Nuestra construcción nacional, ha sido más ajetreada de lo que cualquiera pudiera imaginar. En la antigua Tenochtitlán la actividad política era de finos trazos, el poder se concentraba en figuras hegemónicas, cercanas a lo imperial. Con la llegada de los españoles, la revueltas políticas fueron el pan de cada día. La lucha por dominar y obtener el poder político nos llevó a organizar una lucha armada que la historia hoy consigna como la Independencia de México.
A pesar de la Independencia y por tanto del nacimiento de la Nación, las luchas intestinas del poder político no cedieron. Los grupos sociales que ambicionaban el poder, entraron en una dinámica bélica que los mantuvo en conflictos prácticamente permanentes e irresolubles. El gobierno dictatorial de más de treinta años del General Porfirio Díaz Mori culminó en un hartazgo social que motivó por enésima ocasión el levantamiento armado.
Llegó entonces la Revolución Mexicana, considerada la última revuelta violenta que reconstituyó a la República y consolidó un Estado de derecho.
Los primeros tiempos de aquella refundación no fueron fáciles, los ideales caudillistas fueron traicionados y los líderes revolucionarios poco a poco fueron asesinados. La violencia, la descomposición social y la incertidumbre marcaron el rumbo de nuestra reconstruida Nación. Sin embargo, con la Revolución, vinieron las instituciones y desde luego los partidos políticos, el camino a la democracia desde entonces fue la aspiración de la clase política.
Para apaciguar los ánimos postrevolucionarios, Plutarco Elías Calles fundó en 1929 el Partido Nacional Revolucionario, aglutinando prácticamente a todas las fuerzas políticas de aquel entonces. Con la fundación del PNR terminó la era de los caudillos para dar paso a las instituciones. Años más tarde, en 1938, el General Lázaro Cárdenas del Río, refunda al partido hegemónico, diluyendo la estructura de partidos regionales y estatales para dar paso un nuevo partido político de sectores, el Partido de la Revolución Mexicana. Más rápido de lo imaginado, en 1946, el PRI sustituye al efímero PRM, pues la generación fundadora de militares formados en las filas de la Revolución, es desplazada por civiles que se han formado en universidades. La modernidad llegó a México.
Desde entonces, el PRI como partido hegemónico, construyó un modelo institucional en dónde sólo participaba la clase política. Nadie ajeno a la élite podía ser parte del proceso político del país. En sentido estricto "el pueblo" quedó al margen. Así, el gobierno de México adoptó un modelo autoritario, simulaba una democracia electoral, teniendo absoluto control de los procesos y triunfos electorales. Los políticos de la modernidad aprendieron ese modelo que a la fecha sigue vigente y, para bien o para mal, seguimos en la etapa de la democracia simulada.
A prácticamente cien años de la Revolución Mexicana, las circunstancias políticas y exigencias sociales no han cambiado nada. La lucha por el poder es igual o peor que en los albores del siglo XX. Las demandas ciudadanas se han complejizado con la modernidad, pero no han sido satisfechas.
En el escenario actual, los candidatos prometen lo mismo cada seis años: mayor seguridad, empleo, mejores servicios, finanzas sanas, bienestar social, etc., y cada año los informes presidenciales alardean de estar cumpliendo satisfactoriamente las promesas de campaña, la frase más sonada en cada informe presidencial es: "nunca como antes se había hecho tal o cual cosa". Pero, si esto es así, ¿por qué los candidatos siguen prometiendo lo mismo cada seis años?, ¿qué hacen los presidentes en turno que las demandas ciudadanas no son cubiertas a entera satisfacción y el discurso político sigue enquistado en la osadía institucional?
Probablemente no hemos sido lo suficientemente ciudadanos para construir un gobierno a la altura de la circunstancias y seguimos perdidos en la férrea idea de esperar que el gobierno lo solucione todo, incluso su reconstrucción. Pero es un hecho, que el gobierno, sólo se reconstruirá (si así lo advierte) así mismo, dejando al margen al ciudadano, como lo fue desde el momento que se diseñó el modelo actual, siempre al margen.
Por todo ello, los escenarios previsibles para el 2012 sólo pueden ser dos: La llegada de un gobierno renovador y con firmes intenciones de llevar a cabo un cambio radical en la constitución del país, o bien, el retorno a un modelo de ciudadanos sumisos y dependientes del poder autoritario. El escenario de la renovación de un gobierno de derecha lo descarto desde el momento que en once años ha demostrado un impericia y torpeza absoluta para gobernar.
Así las cosas, la lucha electoral estará en dos protagonistas: Andrés Manuel López Obrador y Enrique Peña Nieto. El primero con un discurso renovado y con una insoslayable lección aprendida. La República amorosa, que propone AMLO, es la más cercana a cambiar la estructura de la élite política. Nunca como antes, la izquierda mexicana tiene mayores posibilidades de llegar a la presidencia de la República.
A pesar, de que PRI y PAN se han empecinado en lanzar a la opinión pública la idea de que no hay fuerza o candidato político que realmente represente a la ciudadanía, lo cierto, es que el proyecto de Nación de López Obrador, es el que más se acerca a cubrir las demandas ciudadanas. Por tanto, sí hay opción política, el asunto es permitirse la oportunidad de cotejarla, analizarla y darle el beneficio de la duda.
De lo contario, el escenario del retorno del mismo PRI, sería reencontrarse con los diestros de la corrupción, el desfalco, los abusos, el autoritarismo, la opacidad, la censura, y hoy vemos de la ignorancia y la insensatez humana. Porque insisto, es inadmisible, no sólo que la hija de quien aspira a gobernar una nación desprecie a los ciudadanos llamándolos, "pendejos y prole", sino que no tenga la capacidad de salir venturoso en una pregunta tan elemental como la de los tres libros que han marcado su persona, o que sea cuestionado sobre la actualidad del salario mínimo y no tenga la exigua idea de su equivalencia.
La moneda está en el aire. Los ciudadanos mexicanos tenemos el gobierno que nos merecemos. Estará en cada uno de nosotros decidir, si optamos por un mejor gobierno (un gobierno de cambio), o seguimos el camino de los gobiernos paternalistas que sólo benefician a pequeños sectores y dejan en el olvido a la mayoría. Ya llegará la noche del primero de julio de 2012 y podremos despejar la duda.
Nota al margen: Con esta entrega el MéxicoPolítico hace una pausa de descanso, inmerecido pero necesario, para reencontrarnos de nueva cuenta el próximo 2012.
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Juan José Solis Delgado Twitter: @juanjosesolis Facebook.com/JJSolisDelgado
(Ciudad de México, 1973) Es licenciado en Comunicación Social por la Universidad Autónoma Metropolitana. Cursó la maestría en Comunicación en la Universidad Iberoamericana, especializándose en comunicación política. Por más de 12 años ha trabajado como productor y locutor de radio y TV. En el campo editorial, se desempeñó como Director Editorial y editor responsable de la revista Alas de papel de Editorial Noctua. Ha laborado como docente en diversas instituciones de educación superior, actualmente imparte clases en la Escuela de Periodismo "Carlos Septién García" y en la Universidad Iberoamericana. Su principal afición es la lectura y en particular las novelas de escritores iberoamericanos. Sus autores favoritos son Mario Vargas Llosa y Juan Carlos Onetti. Actualmente está encargado de la difusión de la investigación en la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México.











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